domingo, 6 de octubre de 2019

Huesos.





HUESOS


Casi todo en mí es biodegradable
los sueños
las promesas
el amor.
Después de morir
los huesos duran por su vocación de cimiento,
el tiempo demora en derrotarlos
pero hay tantos en el mundo
que ya no son coleccionables.
Si hubiese sido un saurio
los siglos harían petróleo con mis huesos.
Fui poeta
mis restos son versos mutantes
invencibles.
Ese fue el soplo con que Dios
los impulsó.
Las palabras siempre retoñan
en todo terreno
en toda época.



Anuar Bolaños.



jueves, 28 de febrero de 2019

Se Ha Marchado.







Yo tenía una mujer buena. Pero un día se marchó porque quería conocer el mundo. Le empaqué la maleta, le hice un fiambre para el camino y le di un beso en la frente. Mientras se alejaba la miraba desde el zaguán y le ondeaba una mano.
Los días sucesivos fueron grises. Lentos y silenciosos. Me sentía extraño.
Empiezo a creer que amar desgasta. A mí mujer la gastó el espacio reducido de mi vida. Mis días blandos y sin tropiezos. No éramos felices ni sufríamos, no ocurría nada espléndido entre el alba y el ocaso. Yo trabajaba en la oficina, ella cuidaba la casa. Al juntarnos contábamos lo vivido como leyendo un reporte en un salón vacío que no hace eco. Yo no pensaba en nada, pero mi mujer siempre tenía sueños fantásticos, de viajes y lugares lejanos. Le regalé un libro de fotografía con las 100 ciudades más hermosas del mundo. Por allí se fue. Se volvió adicta a los hoteles. Cada fin de semana me llevaba a pernoctar en uno distinto hasta que se acabaron. Empezamos a ir a ciudades cercanas que no eran muchas. Pronto nos quedamos sin itinerario. Entonces ella empezó a soñar con Lisboa. Consiguió empleo en una fábrica de jabones y al cabo de seis meses ya tenía pasaporte.
Hoy me envía postales de pueblos medievales que se notan un tanto fríos como mi ciudad de estos días.
Yo no siento mucha tristeza, aunque añoro su voz. Hablo solo en casa, digo mis reportes del día a la habitación vacía. Al principio estaba seguro de que mi mujer volvería para la navidad, pero creo que lo mejor es no hacer planes.
La última postal llegó desde el lejano oriente y hablaba de estar aprendiendo el idioma. Yo calculo que dominar esa jerigonza milenaria le tomará al menos una década.



martes, 18 de septiembre de 2018

La Tarde.





Era el final de agosto. El mes de su cumpleaños. Todo respiraba con la tibieza del verano. Una llovizna inoportuna cayó al medio día sin anunciarse. Mojó los carros, los árboles, las mesas sin parasol del restaurante frente a la oficina e hizo maldecir a los meseros. Quienes buscaban sitios donde almorzar se acurrucaban en tríos bajo un paraguas compartido y caminaban a salticos. 
Iván fumó su tercer cigarrillo del día guarecido bajo el alero del edificio del Banco Central recostado a la pared. Abandonado a ideas inoficiosas, fatigado, miró el tráfico atascado en la Avenida Octava y soltó una mueca de burla. Tanta prisa innecesaria y ruidosa. La vida le resultó poco creativa en su manera de armar los días de la gente. Todo repetido y predecible. Y, sin embargo, tan difícil de entender.
Marcela le dijo que no vendría a almorzar con él y eso lo dejó sin apetito. Era la segunda cancelación de la semana. Se saturó de café y galletas de leche mientras gastaba la mañana organizando documentos de casos por revisar. Ella iría a la barra de sushi con los compañeros del trabajo aprovechando el dos por uno de los miércoles. En la noche le hablaría de postres y jugos alternativos y él la escucharía en silencio, sin entenderla.
Decidió quemar el resto del tiempo de almuerzo en la miscelánea al voltear la esquina. No le molestó mojarse con el polvillo de agua que aún flotaba, aunque el pelo mojado hiciera más evidente su calvicie prematura.
Con el saldo de la tarjeta del salario compró un par de aretes de plata decorados con gemas azules que harían juego con el vestido que Marcela escogió para el cumpleaños de la abuela.  Reunión obligatoria a fin de mes en la casa donde creció con varias tías ardorosas. No quiso meterse en los recovecos del pasado y regresó antes a su cubículo. Ni una taza más, se dijo al ver restos de café sobre el escritorio.
Llamó a Marcela y hablaron un par de minutos sobre comidas y dietas y rieron con ocurrencias de platos exóticos para el fin de semana. A pesar del peso de la rutina, el amor los mantenía a flote sobre las aguas del desencanto.



viernes, 6 de julio de 2018

Tinta Húmeda *





16


Escribano de las estampas del día,
sugiero que me sea permitido
narrar mis impresiones.
¿Pueden ver que estoy descalzo?

No me preocupa la tormenta que se acerca
aunque la luz se vuelva espesa.

Quiero contar que una joven desnuda
ha florecido en mi casa,
danza y habla con ademanes.
Me abraza en el sueño
y me traspasa con su voz de azúcar,
me humedece.

Mi casa es ahora una litografía en movimiento,
dejó de ser un destino
marcado en el mapa de los ciegos.



(* Mi nuevo libro de poemas publicado).

domingo, 13 de mayo de 2018

Frente a la Pantalla.






La soledad siempre la fabrican otros, los que prometen estar y luego se van. Las frases dichas como máximas en momentos de pasión obnubilada, se vuelven polvo cuando las atraviesa la monotonía. El paso del tiempo es implacable, todo lo desgasta, no hay amor que sobreviva a semejante potencia de destrucción. Dentro del espíritu humano anida la tendencia a la traición. Pero siempre el traicionado es él mismo. Desatiende su intuición, olvida sus itinerarios, falta a su palabra. Hay que aceptarlo. Toda palabra es hueca, falsa. El amor nunca ha sido el cimiento de la verdad. Crece sobre ilusiones que el tiempo decolora.
Allí está la puerta. Es hora de empezar a caminar.



viernes, 16 de febrero de 2018

Tango.




Compré un libro esta tarde. Recomendado de sabios para pichones de poeta. Olía a lavanda, no a tinta litográfica. En la mesa del Café rodaron mis ojos por sus páginas en una rayuela cursi, erótica, parisina. Fui al cono sur en mis anhelos de escribano, salté a Lisboa, pedí vino y miré a una mujer de senos grandes. El mar no acudió a mi nostalgia. Mi mujer, sentada a mi lado, rugía despacio haciendo dueto con el calor, sudando vinagre, dispuesta a gritarme o escupirme si decía una frase filosófica. Y yo, con ganas de ser escritor, pensaba en una choza en el litoral pacífico, mucha lluvia, paisaje gris, el estereotipo de mi trance, licor, una doncella desnuda, otra conclusión pasajera e inútil sobre el amor. 
El día me arrinconaba con su luz escasa y yo me hacía el despistado mirando por encima del hombro el lastre de mis versos pisoteados por rezanderas y amigos de poca monta. 

Ah la buena soledad acompañada, la vida simple del tiempo gastado en cumplir tantos roles conjugados en una sola figura, corazón ubicado en el lado incorrecto, lecho sitiado, mesa abundante, copa llena, calma, fracaso como triunfo, mueca, risa de sátiro que triunfa, tema para tango, adiós bajo la manga, ningún futuro al doblar la esquina. Esto me ocurrió hoy.



domingo, 3 de diciembre de 2017

La Tarde.



La tarde está sola y silenciosa.
Mrs. Dalloway mira por la ventana la calle vacía.
El café se destila con la parsimonia del tiempo.
El invierno se tomó un respiro,
hace sol y brilla el aire.
El barrio toma la siesta larga del domingo.
En mis recuerdos suena el violonchelo
que oí en una película japonesa
sobre el ritual de la muerte.
Madre partió hace dos años.
La mujer que habita mi casa
lleva varias vidas.
Ella tiene la bondad de obsequiarme
la mejor versión de su corazón,
su ternura me basta para aceptar
que soy tipo con suerte,
uno que degustó el vértigo de la noche
y pudo regresar del desquicio.
Entiendo que el amor
nunca es un huésped vitalicio
y su visita ocurre tan sorpresiva
como fugaz.
Tiemblo cada que llega la mañana
y frente a mi
tengo un día desocupado y ajeno.
Finalmente
le pertenecemos a la nada.
No es cierto que la tarea cumplida
traiga la calma.
Estamos en deuda siempre.