Resulta frustrante que no pueda gritar ni insultar
a mis cercanos. Estoy paralizado. Me obligo a hacer todas las tareas que me
corresponden sin dejar un remanso para mi alivio. Recargo las energías
necesarias para no desfallecer y sigo a pesar de la fatiga y el decaimiento.
Atrapado en una actitud correcta me vuelvo rígido y silencioso. Quebradizo. No
tengo libertad para ser.
Lo que alcanzo a percibir de la naturaleza humana
en los actos de las gentes que me circundan me entristece muy hondo. La mayoría
de sus palabras son huecas, livianas, en contravía de la virtud. Sus vidas son
la acumulación de rutinas torpes sin pausa para depurarse.
Yo estoy contaminado de esa forma de existir. Soy
también miembro de esa horda estrambótica irracional. Caemos. Engullimos el
tiempo. Casi luzco normal aunque se notan mis desajustes. En realidad nos
permitimos ser así de absurdos y nauseabundos. Nos alzamos de hombros ante las
ruinas que fabricamos.
Algunos desesperados manotean tratando de zafarse
de la maraña de hilos con que están amarrados a su miseria. Otros inventan
nuevos rituales con la intención de distraer las desgracias y alcanzar la
calma. Los triunfos son esporádicos y de corta duración. Los ilusos siguen en
la búsqueda. La renuncia valiente tampoco ha hecho mella en la esencia que nos
sostiene. La estupidez se reproduce infaliblemente. Nuestra historia es
defectuosa. Fuimos mal inventados.


