Fabriqué,
construí una zona de confort para desatender los desastres del mundo. Entiendo que
no gobierno la realidad. Si llego a la cafetería y han cambiado el orden de las
mesas, me pierdo en un laberinto. El GPS natural de mi cerebro se niega a llevarme
por rutas desconocidas. La vista acude en mi auxilio. Y el oído y el olfato. La
avenida es una línea inamovible que susurra su voz vehicular y me dice que ese
es el límite de mi refugio. El café recién colado y el pan tibio me esperan en
mi rincón de costumbres. Allí, el frío de la mañana es el mismo de siempre. Esa
es la bendición de mi ciudad: mañanas frescas, tardes ardientes, noches de
viento juguetón.
Mi
verdadera zona de confort es el pasado. Recuerdos que reacomodo a mi antojo. Eventos
en los que cambio el guion y la escenografía. Sólo conservo los personajes. Todo
lo resuelvo a mi favor. Por eso necesito que el presente no se mueva. Repito mi
rutina con movimientos idénticos para no perderme, para…
Como
brújula llevo este cuaderno de bitácoras en la mano.



