De la serie: "En La Mesa De Al Lado".
La mujer aparece,
sale de una esquina inerte,
le da vida a la avenida.
Detiene la motocicleta frente a la panadería.
Se apea. Pasa frente a mí sin verme.
Yo observo sus pantalones ceñidos.
Sobre la tela se resalta el encaje de sus bragas.
Me fijo en el diseño,
una franja que sólo cubre la mitad de las nalgas.
Camina de prisa, entra,
recoge el pedido en una bosa de papel,
sale, monta, se aleja.
Yo me quedo con el recuerdo de su andar.
La curva inferior que delinea sus nalgas
y sostiene la redondez
debe trazar una raya sobre la piel.
Me pregunto si recuerdo su rostro
y me digo que sí.
De hecho resulta ser el dato más indeleble.
Pálido, limpio de maquillaje,
con pecas grandes y descoloridas,
la nariz recta y los labios delgados.
Sus ojos, muy oscuros, no tenían brillo.
Las pestañas, cortas y curvas,
le daban un aire infantil.
Todo el gesto del rostro
indicaba fuerza, huidas rápidas.
.
viernes, 11 de noviembre de 2011
martes, 8 de noviembre de 2011
De Mi Barrio.
Serie: "En La Mesa De Al Lado".
Estas dos mujeres visten
el uniforme de las aseadoras del Banco.
Vienen de los barrios del fondo,
los que muerden el horizonte,
donde la inundación
vuelve el paisaje una sopa de inmundicia.
Son cuarentonas,
siamesas de un destino de piezas incompletas.
Una trae un plato con arepas,
la otra pocillos de café.
Ríen.
Conversan en decibeles mayores asuntos del hogar
y en susurros polvorosos chismes de la oficina.
Maquillaje espeso, de colorinches.
Moña alta tinturada. Perfume clonado.
Manos gruesas, venas henchidas, uñas decoradas.
De baja estatura, abdomen procreado,
caderas salvajes, senos generosos.
Tienen esta alegría en sus ojos
que triunfa sobre el rictus sufrido de sus labios.
(¿Qué tipo de hombres habrá en sus vidas?)
No hay en ellas semblante de derrota.
Miran el reloj y parten.
Se reducen al alejarse,
se agigantan en mi recuerdo.
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Estas dos mujeres visten
el uniforme de las aseadoras del Banco.
Vienen de los barrios del fondo,
los que muerden el horizonte,
donde la inundación
vuelve el paisaje una sopa de inmundicia.
Son cuarentonas,
siamesas de un destino de piezas incompletas.
Una trae un plato con arepas,
la otra pocillos de café.
Ríen.
Conversan en decibeles mayores asuntos del hogar
y en susurros polvorosos chismes de la oficina.
Maquillaje espeso, de colorinches.
Moña alta tinturada. Perfume clonado.
Manos gruesas, venas henchidas, uñas decoradas.
De baja estatura, abdomen procreado,
caderas salvajes, senos generosos.
Tienen esta alegría en sus ojos
que triunfa sobre el rictus sufrido de sus labios.
(¿Qué tipo de hombres habrá en sus vidas?)
No hay en ellas semblante de derrota.
Miran el reloj y parten.
Se reducen al alejarse,
se agigantan en mi recuerdo.
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jueves, 3 de noviembre de 2011
Punto de Encuentro
De La Mesa De Al Lado
Tiene la belleza de un afiche
publicitario de los 60’s.
La simetría en la composición del rostro
es la antítesis del cubismo.
Habla con una voz de tonos medios,
sin baches ni sobresaltos.
Mira con la agudeza medida
de quien no quiere incomodar.
Come su desayuno sin avidez pero con deleite.
Los gestos de sus manos insinúan
ternura en los quehaceres,
tino en la oscuridad.
Sonríe. Ha sufrido poco.
No acumula nostalgias.
Sabe que es temerosa. Camina con cautela.
No desatiende la vida que la rodea.
Quizás el cabello luce un tanto antiguo.
Su estilo global no es la pasarela
sino la penumbra clara, la luz de poco brillo.
Me mira,
ve que escribo y me obsequia un gesto de promesa.
Se marcha.
Ambos quedamos grabados
en el holograma efímero de un poema.
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Tiene la belleza de un afiche
publicitario de los 60’s.
La simetría en la composición del rostro
es la antítesis del cubismo.
Habla con una voz de tonos medios,
sin baches ni sobresaltos.
Mira con la agudeza medida
de quien no quiere incomodar.
Come su desayuno sin avidez pero con deleite.
Los gestos de sus manos insinúan
ternura en los quehaceres,
tino en la oscuridad.
Sonríe. Ha sufrido poco.
No acumula nostalgias.
Sabe que es temerosa. Camina con cautela.
No desatiende la vida que la rodea.
Quizás el cabello luce un tanto antiguo.
Su estilo global no es la pasarela
sino la penumbra clara, la luz de poco brillo.
Me mira,
ve que escribo y me obsequia un gesto de promesa.
Se marcha.
Ambos quedamos grabados
en el holograma efímero de un poema.
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domingo, 30 de octubre de 2011
En La Mesa De Al Lado 2B.
Tramo Final.
Esta mujer con su aura medio sombría
y su tristeza antigua que parece
acumulada adrede,
con su silencio que anuncia berridos
o frases en contravía,
con sus senos grandes un tanto descendidos,
y su blando abdomen ardoroso y convulso,
con sus ademanes que se mueven
entre agarrotamientos y estallidos…
Esta mujer,
con toda su fuerza sexual imantada,
mas que atraerme me repele.
No huyo pero tampoco me acerco.
Intuyo que hay
arenas movedizas en su corazón,
laberintos en su cabeza,
manigua en su entrepierna,
itinerarios inconclusos en sus días,
sueños angustiosos,
bitácoras imprecisas
de un pasado que no abandona ni corrige.
En fin,
todos los componentes
para un amor embriagador y caótico.
Me quedo quieto.
Me obligo a ser el espectador
que se enamora de su imagen
y se hace invisible en el día que avanza.
Afortunadamente
nuestras rutas no se han cruzado.
.
Esta mujer con su aura medio sombría
y su tristeza antigua que parece
acumulada adrede,
con su silencio que anuncia berridos
o frases en contravía,
con sus senos grandes un tanto descendidos,
y su blando abdomen ardoroso y convulso,
con sus ademanes que se mueven
entre agarrotamientos y estallidos…
Esta mujer,
con toda su fuerza sexual imantada,
mas que atraerme me repele.
No huyo pero tampoco me acerco.
Intuyo que hay
arenas movedizas en su corazón,
laberintos en su cabeza,
manigua en su entrepierna,
itinerarios inconclusos en sus días,
sueños angustiosos,
bitácoras imprecisas
de un pasado que no abandona ni corrige.
En fin,
todos los componentes
para un amor embriagador y caótico.
Me quedo quieto.
Me obligo a ser el espectador
que se enamora de su imagen
y se hace invisible en el día que avanza.
Afortunadamente
nuestras rutas no se han cruzado.
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miércoles, 26 de octubre de 2011
En La Mesa De Al Lado 2A
Tramo Inicial.
Veo una mujer de caderas anchas.
Tez blanca.
Su blusa corta me permite ver
la piel de su cintura.
Está de espalda a mí. Muy cerca.
Espera al mesero.
Veo su piel forrada de vello diminuto,
y una ebullición espontánea
me saca del aletargamiento matutino.
No tiene maquillaje.
Su rostro está pálido, como mal dormida.
El cabello negro, liso, brillante, grueso, está seco.
Rasgos finos,
de india mezclada y vuelta a mezclar.
Luce cansada, nostálgica, casi dolorida.
Gira un poco su cuerpo
y alcanzo a ver los huesos de su cadera.
Sobresalen, brillan con la luz que llega.
Paga la cuenta. Camina, se aleja.
El ritmo de sus nalgas se lleva mis ojos.
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Veo una mujer de caderas anchas.
Tez blanca.
Su blusa corta me permite ver
la piel de su cintura.
Está de espalda a mí. Muy cerca.
Espera al mesero.
Veo su piel forrada de vello diminuto,
y una ebullición espontánea
me saca del aletargamiento matutino.
No tiene maquillaje.
Su rostro está pálido, como mal dormida.
El cabello negro, liso, brillante, grueso, está seco.
Rasgos finos,
de india mezclada y vuelta a mezclar.
Luce cansada, nostálgica, casi dolorida.
Gira un poco su cuerpo
y alcanzo a ver los huesos de su cadera.
Sobresalen, brillan con la luz que llega.
Paga la cuenta. Camina, se aleja.
El ritmo de sus nalgas se lleva mis ojos.
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jueves, 20 de octubre de 2011
En La Mesa De Al Lado 1.
Nueva serie.
Otra mujer se sienta aquí cerca
su rostro ha llegado de Hawaii
y aunque viste como colegiala
descubro que es bailarina moderna,
me lo cuentan sus ademanes
sus cejas
la imponencia de sus labios
su jugosidad
la manera silvestre de atarse el pelo
la mirada que oculta secretos
o interroga el tiempo
las manos que se apoyan sobre la mejilla
en un gesto de pensamiento agudo.
Todo indica que de llegar a su piel
una turbulencia selvática
me crecería dentro.
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Otra mujer se sienta aquí cerca
su rostro ha llegado de Hawaii
y aunque viste como colegiala
descubro que es bailarina moderna,
me lo cuentan sus ademanes
sus cejas
la imponencia de sus labios
su jugosidad
la manera silvestre de atarse el pelo
la mirada que oculta secretos
o interroga el tiempo
las manos que se apoyan sobre la mejilla
en un gesto de pensamiento agudo.
Todo indica que de llegar a su piel
una turbulencia selvática
me crecería dentro.
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martes, 18 de octubre de 2011
Espejismo 10.
Última entrega de la serie.
Escribir estas bitácoras es más sencillo de lo que puede parecer. Sólo es imperativo encontrar el sitio donde funciono como una antena receptora de fuerzas combinadas que dan origen a una narración que simplemente sucede porque sí. No es la narración buscada o esperada, ni siquiera la que se necesita. Es la que se da, y punto.
Pero ese sitio de poder no puede ser cualquiera. Tampoco puedo precisar un estereotipo de lugar, no es una elección racional. Es sensorial. Yo camino, voy hacia donde las sensaciones me jalan. El deseo de encontrar un espacio de dominio no es constante, sucede por impulsos irregulares que me resultan inasibles. Hay múltiples elementos que se combinan entre sí a medida que se presentan, y su presencia es voluntaria, irreverente, llegan sin preaviso, sin que haya un patrón que pueda explicarlos ni anunciarlos. Un conjunto de fuerzas, no inmediatamente reconocible, me asiste. Quizás haya algo en mi que lo invoca pero no puedo precisar qué es. Es posible que sea la veta existencial que me atraviesa el pecho o los delirios vitalicios que se hospedan en mi cabeza o mi manía irreductible de almacenar sucesos cotidianos como postales de otoño.
Yo sólo me doy cuenta de estos elementos cuando ya están sobre mí y me han invadido completamente. No sabría precisar si vienen de adentro o de afuera, más bien llegan de todas partes al mimo tiempo. Tan sólo se presentan, se dan, se expanden hasta lograr su objetivo, hasta colmar mi mente con la sensación que me pone a escribir, a narrar historias que se condensan en mi cabeza, visiones de vida que vienen de muchos lugares y momentos, y quieren ir a todos lados, regresar llevando la versión mundana que yo he elaborado, dejar al desnudo, y sobre la tarima solitaria, mi sucia vanidad de ermitaño urbano, mostrar el talante de mi literatura insípida, sin aditivos, magra, biodegradable.
.
Escribir estas bitácoras es más sencillo de lo que puede parecer. Sólo es imperativo encontrar el sitio donde funciono como una antena receptora de fuerzas combinadas que dan origen a una narración que simplemente sucede porque sí. No es la narración buscada o esperada, ni siquiera la que se necesita. Es la que se da, y punto.
Pero ese sitio de poder no puede ser cualquiera. Tampoco puedo precisar un estereotipo de lugar, no es una elección racional. Es sensorial. Yo camino, voy hacia donde las sensaciones me jalan. El deseo de encontrar un espacio de dominio no es constante, sucede por impulsos irregulares que me resultan inasibles. Hay múltiples elementos que se combinan entre sí a medida que se presentan, y su presencia es voluntaria, irreverente, llegan sin preaviso, sin que haya un patrón que pueda explicarlos ni anunciarlos. Un conjunto de fuerzas, no inmediatamente reconocible, me asiste. Quizás haya algo en mi que lo invoca pero no puedo precisar qué es. Es posible que sea la veta existencial que me atraviesa el pecho o los delirios vitalicios que se hospedan en mi cabeza o mi manía irreductible de almacenar sucesos cotidianos como postales de otoño.
Yo sólo me doy cuenta de estos elementos cuando ya están sobre mí y me han invadido completamente. No sabría precisar si vienen de adentro o de afuera, más bien llegan de todas partes al mimo tiempo. Tan sólo se presentan, se dan, se expanden hasta lograr su objetivo, hasta colmar mi mente con la sensación que me pone a escribir, a narrar historias que se condensan en mi cabeza, visiones de vida que vienen de muchos lugares y momentos, y quieren ir a todos lados, regresar llevando la versión mundana que yo he elaborado, dejar al desnudo, y sobre la tarima solitaria, mi sucia vanidad de ermitaño urbano, mostrar el talante de mi literatura insípida, sin aditivos, magra, biodegradable.
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