domingo, 3 de julio de 2016

De mi libro...





Historias de la Nada   43

Cotidiana 10



Invento que soy un tipo excéntrico. Preparo guiso de carne con abundante pimienta y sal marina. Bebo a sorbos largos un par de botellas de vino magenta oscuro y espero a que el día cumpla su cometido. La música de fondo sabe sostener el trance en que me sumergen las tardes de domingo cuando el cielo es una tela descolorida y tiesa.
Le pido a Mariana Carbonel que se siente desnuda en mi regazo mientras fabrico un poema. Nada mejor que la ardorosa suavidad de sus senos pequeños para aflojar la mano. De ñapa, ella arroja su melena rizada sobre mi olfato lujurioso para que el saldo de la noche me nutra con su aroma aderezado. Soy nada sin esta mujer atravesada. No puedo apartar mi mano de su cadera. Su tibieza es pegajosa, su talud adictivo.
Mariana Carbonel habla de la vida en una jerigonza intemporal que mezcla farándula y levitación, culinaria y tiro con arco, danza y cría de dálmatas. Escribirle un poema implicaría ser la reencarnación condensada de varios juglares, haber descifrado el ritmo del silencio, la pausa del colibrí, el origen del agua, las pesadillas de Dios.

Resignado a ser un monje mundano entrenado para no quejarse de las bofetadas de la realidad, me pierdo en el deleite de ser el huésped de sus sueños, el afortunado bribón espectador y protagonista del jolgorio celebrado en su piel, testigo del destello en sus ojos cuando le digo que sus besos son ferozmente deliciosos, que ella es embeleso y espanto.



domingo, 19 de junio de 2016

Amor.





Entonces el amor es una pregunta a mitad de la tarde
el pelo rojo de una muchacha que estudia cine
un libro de 700 páginas sobre la definición de la vida
una llamada sin contestar
merienda en silencio 
mascota en el suelo cerca a tus pies
la canción que alguien dejo grabada para ti
sonidos armónicos
un timbal sinfónico
no perdonar la ausencia
un bolero cantado en una madrugada con llovizna
la joven que quieres desnudar
la redondez de la historia
la camisa de lino que usarás en el funeral
la fantasía de toda palabra
licor casero frío
las nalgas de la maestra que fuma
bragas de verano en época de descuentos
la maldita mentira de coordenadas inexistentes
el maquillaje para la obra de teatro
el verano radicado en la pradera
los amigos que no te visitan
otro camino iluminado por la duda
la danza aprendida en el pueblo del sur
la promesa de un regalo
¿Si lloro frente a ti me respetarás un poco?
el odio del primogénito
Esta idea de amor me bendice
el aroma de tu sexo hace agujeros en mi sueño
descubro que ninguna arruga es prematura
creo que el mar se burla de nosotros
¿Por qué han aplazado tanto el fin del mundo?


lunes, 6 de junio de 2016

Rabia.




Resulta frustrante que no pueda gritar ni insultar a mis cercanos. Estoy paralizado. Me obligo a hacer todas las tareas que me corresponden sin  dejar un remanso para mi alivio. Recargo las energías necesarias para no desfallecer y sigo a pesar de la fatiga y el decaimiento. Atrapado en una actitud correcta me vuelvo rígido y silencioso. Quebradizo. No tengo libertad para ser. 
Lo que alcanzo a percibir de la naturaleza humana en los actos de las gentes que me circundan me entristece muy hondo. La mayoría de sus palabras son huecas, livianas, en contravía de la virtud. Sus vidas son la acumulación de rutinas torpes sin pausa para depurarse. 
Yo estoy contaminado de esa forma de existir. Soy también miembro de esa horda estrambótica irracional. Caemos. Engullimos el tiempo. Casi luzco normal aunque se notan mis desajustes. En realidad nos permitimos ser así de absurdos y nauseabundos. Nos alzamos de hombros ante las ruinas que fabricamos. 

Algunos desesperados manotean tratando de zafarse de la maraña de hilos con que están amarrados a su miseria. Otros inventan nuevos rituales con la intención de distraer las desgracias y alcanzar la calma. Los triunfos son esporádicos y de corta duración. Los ilusos siguen en la búsqueda. La renuncia valiente tampoco ha hecho mella en la esencia que nos sostiene. La estupidez se reproduce infaliblemente. Nuestra historia es defectuosa. Fuimos mal inventados.

domingo, 29 de mayo de 2016

Sedimento.







Choli me ha oído acercarme. Sus oídos no paran de funcionar. Ni siquiera cuando duerme. Viene a mi encuentro y exige que le acaricie el cuello mientras se estira echada en el suelo. Pasados diez minutos me incorporo para hacer café. Ella no me pierde pisada. El cuerpo me duele en varios apartes. El oficio de existir tiene momentos impredecibles que apabullan las fuerzas de modo inevitable. Prendo la emisora clásica. Sonidos de piano opacan los gallos madrugadores de la finca vecina. El reloj destartalado de la cocina dice 6:27. Le resto lo que tiene de adelantado y me sorprendo por haberme levantado tan temprano para ser domingo. Me siento a esperar el destilado. Hoy armé un sitio de lectura distinto. En el patio trasero ubiqué una silla con mi cojín florido favorito y una mesita para el pocillo, el estuche de las gafas y el libro y el celular. Envié por el chat el poema de esta semana a mi viejo grupo de colegas. Hablo de desvanecerme y no haber existido. No tengo ningún problema con estarme haciendo mayor. Los años me llegan bien aunque el espejo me muestre un rostro que combina los rasgos feos de mi madre con los gestos burdos de mi padre. Los poetas no sufrimos de depresión sino de melancolía. He repetido esta frase a muchos durante los últimos meses. Siento que es así. El amanecer está gris. El verano estrambótico que nos ataca suele hervirnos durante el día y azotarnos con aguaceros por la noche. Así que por la ventana de la sala veo que allá afuera hay un frío gris atravesado por rayas amarillas invadiendo la calle. Leo las primeras páginas del libro que compré ayer. Las frases cortas de mensajes condensados ilustran el estilo que quiero aprender. Mezclan rastros cotidianos con cápsulas de coloquial sabiduría. Cada hombre es un recipiente de diminutas sabidurías. Su utilidad es casi invisible. La historia de cada hombre contiene ciclos que se repiten. Hoy vivo como testigo asuntos que en mi adolescencia viví como protagonista. Soy un actor secundario que apenas puede entender el peso de su papel. En esta película de la vida todo rol puede ser modificado, incluso omitido. Una conclusión reciente me dice que el amor se permite todos los errores porque supone que al final va a triunfar, que el final siempre será feliz. Desconoce que la sumatoria de momentos alegres que permiten la ilusión de felicidad debe ocurrir esporádicamente para no acumular frustraciones ni ser fatigado por la espera. El desquicio puede asaltarnos en cualquier momento. Descubrir que el amor de nada sirve es el peor de los infortunios. Pero también es la única verdad que te ubica en lo que eres: nada. Perecedero, inevitablemente inútil. El dolor se da ínfulas de maestro pero es el asentamiento de las aguas turbias después de la creciente el que aporta la serenidad. El aletargamiento con que sucede aporta la pausa que reorganiza las fichas del rompecabezas. Todo vuelve a comenzar de cero. La calma incuba su próximo estallido.



domingo, 22 de mayo de 2016

Géminis 3.







Insisto en que Julieta y Mariana eran gemelas psíquicas. En los días grises de su ánimo, ninguna de ella salía de la cama en tres días. Claro, tampoco paraban de comer. No había alacena que sobreviviera. Era obligado a poner mi sazón a su servicio y permanecer callado. Toda frase que dijera caía mal, a destiempo, con filo. Incluso el silencio debía acompañarlo con un murmullo que mimara pero no fuera empalagoso. Y como mis movimientos debían ser pausados para no causar disturbios me dediqué a practicar Taichí viendo tutoriales en Internet. Aprendí a desplazarme en cámara lenta. Me alimentaba con recetas vegetarianas y me sentaba horas en un cojín gigante a tratar de poner la mente en blanco. Nunca aprendí a meditar pero le encontré un sabor de frescura frugal al silencio. Aprovechando que soy alto y flaco me dejé el pelo largo y la barba para simular un ermitaño de regreso al mundo. No abandoné los bluyines ni las botas de explorador. Intenté combinar las sesiones con lecturas de budismo Zen pero no pude con tanta sabiduría abstracta. En realidad prefiero dejar al espíritu quieto sin hacerle preguntas trascendentales. No vaya a ser que me encuentre con algún acertijo imposible de descifrar y me robe el sueño. Quizás la sabiduría práctica sobre la vida radique en no hacerse mala sangre por nada.

Al salir de su engrudo melancólico estas mujeres eran realmente luminosas. Julieta es un encanto con las personas. Su don de gente es insuperable. Es alegre y vivaz. Organiza paseos y fiestas con solo chasquear los dedos. Funda escuelas, descontamina ríos, arboriza parques, encuentra hogar a niños y animales de la calle, salva el mundo. La gente de afuera adora a esta heroína que en casa sobrellevamos con emplastos a su ánimo quebradizo y colérico. A la familia le corresponden los insultos y desplantes, las trampas y las deudas. Candil de la calle, oscuridad del hogar. Igual Mariana es la alegría de las fiestas y la niña mimada de la casa. Talentosa en la moda. Con dos toques convierte un atuendo de espantapájaros en un modelo de colección parisina. El GPS de su apetito logra ubicar restaurantes sabrosos en los lugares más inhóspitos.
Había, sin embargo, un estado de ensimismamiento muy profundo en ellas que nunca alcancé a asir. Juntas tienen este silencio templado que no permite mirar hacia dentro con nitidez. El impacto cotidiano de su frustración alcanzaba dimensiones de tsunami. Una, se mueve como un zombie lánguido que arrastra un matiz cetrino por donde pasa y decolora lo que toca. La otra, se vuelve muda sin gestos notorios. Sólo su mirada dice que ella no está ahí.
Ay Mariana y sus pataletas de niña adulta. Dice que su existencia es nula para que uno la contradiga y la ponga en un pedestal. Los rechazos a los halagos hacían parte de la puesta en escena de su temperamento pueril. En sus quejas arrastraba al mundo a un socavón  y a la humanidad la pasaba completa por la guillotina. Todo le resultaba inútil.

Aprendí a esperar que esos ciclos de mal humor en ellas se gastaran solos. En la cercanía permanecía atento sin que se notara mi presencia y sin que pensaran que estaba ausente. Conserje de hotel suizo y novio de cuento de hadas. Quizás el lema que guiaba a estas mujeres en sus momentos de temple era, Yo puedo sola. Aunque en realidad fuera preciso darles una mano en casi todo. No me puedo quejar. Viví muchos momentos divertidos con ellas y aprendí muchos oficios. Masajista, mayordomo, yerbatero. Cuando descubrí  que Mariana se descosía de la risa con mis chistes, me volví coleccionista de los mejores chistes de los mejores humoristas del mundo. Llegué a tener más de diez cuadernos repletos de apuntes y era capaz de hacer reír a grupos numerosos por horas y horas sin fatigarlos ni incomodarlos. Siempre conté chistes hilarantes pero políticamente correctos, pulcros. Ah mis mujeres. Que buenos recuerdos. 



viernes, 18 de marzo de 2016

Mariana, La Mujer Invisible.



Ático y aljibe, antojo vaporoso,
presencia sibilante.
Esta mujer es oriunda de un barrio colonial
y los días de invierno le dan la facultad de levitar.
Canta baladas de los 60’s
y aunque lo intenta,
no alcanza a ser la nueva dama
sentada cerca al fuego de mis rutinas vacías.
Habita cerca a mi resuello,
tiene miedo de ahogarse en el olvido.
Su claridad espectral me atemoriza,
con gestos incoloros
me pide cambio de receta
para hacer los huevos al desayuno,
más mazorca y menos cebolla;
pide cambio de música,
más tango y menos trova;
cambio de ropa,
adiós a los bluyines;
de loción, olvídate del pachulí.
Me pide que abandone el orden exacto
de la rosa cromática de mis amores.
Ella funda mi religión
y me alimenta con alpiste.
Sus manos son de arcilla blanca
y al posarlas sobre mi pecho
me cambia el corazón de lado.
Su rostro, inconfundiblemente egipcio,
me llena la piel con aromas del desierto,
me narra la lluvia, me viste de aire.
Cada que llega el sol
se va al patio trasero
a tirarse en la hamaca del palo de mango
a suspirar hasta evaporarse.
Cuando me siente volátil o clandestino
se hace la intransigente,
sus sollozos hacen coro
con el dictado de mis delirios
y dejan un atavío de cruces
sembrado en toda la casa.
Al llegar la noche
apaga su sonsonete gangoso
y vuelve al lecho sigilosa
a resguardarse entre mi abrazo.


martes, 1 de marzo de 2016

Del Diario De Stella Kovaltok.




Es tan intenso.
Le ofrezco mis labios para un beso
y me invade con su lengua,
casi una serpiente saturando mi garganta.
Quedo empavonada y sin aliento,
es tan veloz que sólo atino a rechinarle los dientes.
—Podría abofetearlo por eso—

Hay días que sus besos son una visita afortunada,
me dejan en vilo un instante que ruego se prolongue.
Me abraza con tal precisión
que su cuerpo suplanta mis ropajes,
es firme, cálido, y afloja en el momento exacto
sin dejar magulladuras.

Sus ojos me limpian la mirada.
Son tan nostálgicos, no hay corazón que los aguante.
Al atardecer su silencio es acogedor.
Nunca me gusta cuando me agarra al descuido
o mete su mano bajo mi blusa.
Me siento prisionera —podría abofetearlo por eso—.
Sobre mi rostro sus caricias son otro asunto,
sus dedos tienen el toque de un ángel.

Dice frases que me desatan,
ya de cólera, ya de risa.
Creo que tiene miedo
(camina contando los pasos).

Es insólita su manera
de descorrer el pestillo de mis desaires.
A su espalda caen sombras deshilachadas
y es como si un quejido lo persiguiera.
Siempre trae manchas de sangre en la camisa
en el lado del corazón.

Le perdono todo, sus asaltos de caníbal,
sus ojos de invierno,
la rigidez de su ceño,
sus sueños desolados, todo.
Pues al voltear siempre está ahí
con su pulso firme, con su verbo intacto.