viernes, 17 de febrero de 2017

Equipamento.





Hay que estar preparado para toda contingencia. Tener un morral de buen tamaño que pueda acoger los objetos requeridos. No muy grande pues si se torna muy pesado sería difícil de acarrear. Entre más espacio, más chécheres innecesarios podrían guardarse. Maletín fuerte, impermeable, compartimentos de  tamaños variados, cómodo a la espalda, de color neutro, no llamativo, muy resistente al trabajo duro.

Necesito bolígrafos de colores, libreta pequeña, lápiz, borrador, sacapuntas, lima de uñas, cepillo de dientes, imán, fósforos, encendedor, painkillers, sobres plastificados, llaves extras de la casa, monedero, cargador del móvil, cable de la cámara, cámara digital compacta, golosinas, tapas premiadas de gaseosa para reclamar helado, trocitos de alambre plastificado, canicas, monedas de todas las denominaciones, pases de cine, el juguete mascota de la infancia, un librito de poemas orientales, carnet del trabajo, pote de talco, desodorante, bolsa plástica grande, bolsa plástica diminuta, bolsitas de azúcar, mondadientes, seda dental, hilo, aguja, pegante, termo para agua, trapo para limpiar, servilletas, recibos del mes cancelados, tijeritas, curas, ungüento para dolores musculares, libreta de números telefónicos, carnet del servicio médico, tarjeta con números telefónicos en caso de emergencia, cuaderno grande para dibujar, pañuelitos de papel, mini espejo irrompible, cinta de enmascarar, bandas de caucho, jeringa sin aguja, porta vasos de cartón, gafas para película 3D, tarjeta de transporte público, horario de trabajo, diario de abordo con poeticuentos e historias de la nada, estuche para gafas, foto del ser más querido, foto de la mascota, un par de guantes de látex, tarjeta del cajero electrónico, volantes de restaurantes italianos, tapa oídos, gafas para sol, bloqueador solar, copitos de algodón, termómetro, cachucha de béisbol, pocillo metálico para café, clips pequeños y mariposa, resaltador naranja, ejemplares de mis libros para vender, franela de algodón limpia y perfumada, pito, dos metros de cuerda fuerte, trozo de esponja, dos porciones de papel higiénico, MP3 con la batería al tope, audífonos en perfecto estado, mapa de la zona rosa donde están los mejores restaurantes...

Todo esto cargo en mi morral cuando salgo a deambular la ciudad como Monje Mundano. La mirada limpia, la lengua templada, el corazón en calma, la mente inquisidora, toda la esperanza, todo el desencanto, sin brújula, sin norte, todo recuerdo posible, gesto a punto de sonrisa, presto al abrazo o a la huida presurosa. 




domingo, 22 de enero de 2017

Exacto.






Vivir en la exactitud implica ir cronometrado con el ritmo de los sucesos, haber descifrado el tiempo, tener el motor calibrado y el combustible a tope. Conocer las condiciones meteorológicas, anticipar los exabruptos del clima, no tener ataduras.
La exactitud es una ilusión de mili segundos rodeada por caos intemporal de la verdad. Cuando la meta es alcanzada, cuando se llega al punto exacto donde descubres lo insignificante de existir, te quedas con este silencio inoficioso, el llanto no acude, la carcajada tampoco, no hay otra explicación, has existido en vano, después y antes de ti sólo habita la nada, las anécdotas del hombre se recopilan en el viento que va sin rumbo. Acoger el vacío es acto único al que debemos dedicar nuestros días. En la orilla opuesta se vislumbra la felicidad, hecha de espejismos y pronósticos, entonces anhelas la presencia de tu mascota muerta hace años ya.

Hoy puedo pensar en el absurdo, concebirlo mientras tomo mi café de la mañana, recibirlo como a un viejo conocido que vuelve, ofrecerle una silla, sonreírle un poco, no prestarle atención, no oír sus consejos de abuelo obsoleto, cambiarle el tema sin que lo note, seguir escribiendo mis Historias de la Nada.


viernes, 6 de enero de 2017

La Tarde Se Va.







Está a mi lado. Llegó a mi casa al inicio de la tarde. Se desnudó y se tiró en la cama a refrescarse. Boca abajo, apoyada en sus codos, mira fotografías de moda en una revista. Yo miro su piel húmeda de sudor. La ventana abierta abre paso a la brisa. El pelo se mueve. La luz del verano acentúa los tonos rosados de su piel. El vello de la espalda brilla. Veo las puntas de sus senos rozando la sábana. Empiezo a acariciarla. Ella ríe. Sus carnes son esponjosas, calientes, olorosas. Huele a ciénaga y jardín, dulce vinagre, pan tostado. Voy por sus caderas con mis labios. El cosquilleo la sacude un poco, respira distinto. Se gira. Me mira. Beso aquí o allá sin itinerario, sin prisa. La abrazo. De pronto habla consigo misma sobre algún plan fracasado, del paso del tiempo, de la quietud de los días. El mugre de la vida mancha su rostro. Veo en su mirada que quisiera no amarme ya. Mientras ella busca en su mente una ruta hacia el futuro, yo entro en ella con el temor que me causa su presencia tan distante, su dulce cariño que se desvanece con la tarde. Mi plan B es no perder la cabeza.



jueves, 1 de diciembre de 2016

Pictograma.






Hubo una época en que me amabas
o creías amarme
o querías amarme
y lo intentabas,
lo intentaste.

Una época en que pensabas que el sacrificio
debía ser más grande que el placer.
Callabas, llorabas, esperabas.
Quizás un grito a tiempo
hubiese sido más oportuno
que el paulatino, invisible, desvanecimiento
con que te fuiste de mis días.

En las noches fuiste amante en pena,
víctima de una historia sin voz.

De pronto apareció ante ti
un camino con demasiadas puertas,
luces y colores no intuidos llegaron a invitarte.

Otros ruidos hicieron eco con el rumor de tus sueños.
Aún andas por allá,
pensativa y risueña,
danzando en los velos de tus espejismos,
totalmente intangible.
Feliz, dices.





lunes, 28 de noviembre de 2016

El Sabor De Los Días.




Mi madre ha sido desde siempre personaje para mis cuentos. No como ella misma sino como resorte de ficción. Su presencia en mi vida me dotó de una mirada propia. Recibí su curiosidad y su inclinación a jugar con las palabras. La melancolía, la cuota de picardía, el temor a ciertos públicos, el paladar, la desconexión con algunos planos de la realidad, la propensión a la fantasía hoy convertida en ficción escrita, la culpa por la tarea inacabada, amar la casa. 

En los últimos años mi madre fue mi hija menor. Y aun así, seguía siendo mi guía infatigada. Siempre planeando como solucionar la cotidianidad: cambiar el vidrio roto de la ventana, arreglar la ropa, preparar un postre, alimentar la perrita, visitar a los parientes, ayudar a los hijos. 

Ella, que a menudo extraviaba sus principios para satisfacer los pocos caprichos de su vida de carencias, predicaba que siempre había que hacer lo correcto. Por suerte yo fui formado por sus palabras justas y por sus actos aguerridos. La veía llorar pero no rendirse. Adoraba a Dios y le guiñaba el ojo al Diablo. Cursi, acomplejada, vital, asustadiza, terca, inmensamente sola después de la muerte del viejo. Sumisa ante el tiempo que se le iba. 

Su presencia en Mangalú se volvió el eje de los planes de mis hijos, mi mujer y mi mascota. La abuela marcaba el ritmo de los fines de semana y las vacaciones: sus medicamentos, la comida, los cuidados, las bromas que le hacíamos, los disparates con que nos animaba, sus ojos claros.

No me duele su muerte. No dejó ningún vacío. Me miro al espejo y veo sus rasgos en mi rostro. Igual sus manos en las mías. Su pasión por aprender. Sólo quiero deshacerme de su dificultad para superar viejas rabias que veo tan nítida en mí.


viernes, 11 de noviembre de 2016

En Un Recodo De La Noche.




El amor cambia de rostro sin previo aviso, se esconde, no logras mirarle a los ojos, por alguna razón te evade. De no ser un ente atrofiado, quizás se apiadaría de ti pero sabes que no hay remedio. “El amor es un cabrón”, te dices.

Algunos días supones que el ciego eres tú, por tu culpa el amor huye, la luz negra de tu pecho todo lo echa a perder. Otros días hallas una margarita en tu jardín y los ventiladores gigantes del cielo te obsequian la frescura, mandas al amor a freír espárragos con un ademán enérgico. “El amor no es Dios”, concluyes y te vas de juerga al viejo burdel del centro, y regocijado en el lecho de la Dulcinea de turno, ungido con el barniz agridulce y tibio de su vagina, bebes cerveza, fumas, cantas poemas. La noche ya no está sola te olvidas de lo inútil de existir y comiendo aceitunas o queso amarillo dejas de putear tanto al destino y ríes. Te duermes tranquilo.



sábado, 29 de octubre de 2016

Isabel...






Isabel, La Mujer Azul.

La de las cartas astrales, la duda metódica, la comunicación telepática y esa alegría que la embarga cuando hay neblina, no sé, me calma enormidades, nunca me grita. Habla de los signos zodiacales con una propiedad tan académica como empírica, siempre me trae alguna cosa para estrenar y me la entrega con su sonrisa perlada y su rostro lunar. El fin de semana decoró las paredes con motivos esotéricos, ella tiene un ritmo cadencioso para hacerme masajes en la espalda, gusta de los cigarrillos importados, el café amargo, el vino francés, la guitarra flamenca, los espaguetis con pollo y mucho tomillo, tiene un muñeco de trapo pelirrojo y con barba, es fanática del cubismo. Esta es una jeba ardiente que toca el fagot, fagositósica,  musicósiga, me toca hasta el tuétano con sus besos.