domingo, 21 de mayo de 2017

Fiebre.





Se van acumulando los sinsabores de la vida.
No son los años lo que pesa. 
Cada jornada deja residuos nocivos
y se lleva una porción de aguante. 
Un día es un giro veloz, 
asaltado por mil tareas descabelladas,
todas inútiles.
Yo avanzo y retorno por la misma ruta, 
desde mi casa de sombras 
hacia mi oficina de aire congelado,
del amanecer hasta la noche,
con un paréntesis de ruido en medio.
En el camino recojo neblina, cielos manchados, 
avenidas grumosas,
gentes descompuestas, realidad enferma,
ritmos de vida incubando el caos. 
Ninguno sabe que es un autómata,
nadie se ha percatado cómo va el asunto.
Guardo silencio. Hay melancolía en mis ojos. 
Y aunque no persigo la calma
tampoco puedo agradecer 
el dolor que me mantiene en vilo.
Quisiera renunciar a esta labor de redentor 
pero no soy capaz 
y mi fecha de caducidad todavía está lejos.


domingo, 26 de marzo de 2017

Certezas Nulas.








Entra el viento. El invierno se pone a hablarme, no desde un rincón, él sabe que es inmenso, expande sus enormes alas de agua sobre la ciudad y abraza todo lo que hay. Sin tocarme entra en mi. Su voz es blanda y pesada, me carcome los oídos  y me pone en la piel una gaza helada que me encoge por dentro. Quedo a merced de su ritmo sostenido. Aminora mi respiración y mi mirada también se queda quieta. Y es que el invierno es dueño de una penumbra sin bordes hecha de aire ceniza. Nada tiene permiso para brillar. Dentro del salón sólo se distinguen bultos oscuros. Por debajo de la voz de la lluvia, un silencio solidario se arrastra clandestino para traerme estas palabras. Mariana Carbonell duerme abrigada al cuidado de una hibernación de puertas cerradas. El cuarto es un horno aislado que guarda la tibieza de la noche. Yo vengo a mi rincón de siempre, abro la ventana y miro afuera. Durante quince años el paisaje ha sido una palmera que ya no crece. Tiene manchas de humedad en el tronco y las hojas agachadas. Recta, digna, sabe que el sol regresará. Yo me apego a su gallardía para cruzar a salvo esta jornada de aguas ruidosas y melancolía literaria. 



domingo, 19 de marzo de 2017

Panóptico.





(Día de Las Cenizas)

La realidad no existe
más allá de lo vislumbrado.
Todo tropiezo confirma fallas en lo intuido.
Sólo es posible palpar piezas,
la energía es escurridiza,
el porque se esconde.
Cada nueva certeza retoña
Sobre el humus de la anterior.
Planos paralelos o subterráneos,
Invisibles, hechos de gas y silencio.
Por fortuna, todo plazo se cumple.
El tiempo sí tiene fin.





domingo, 26 de febrero de 2017

De Imágenes y Letras.







Veo una película basada en un autor que descubrí hace años y que he estado visitando de nuevo. Adoro la actriz que encarna el papel principal. Es oriunda del mismo país del autor y demuestra que lo admira. Ella escribió en guion, dirigió la película y, sobretodo, logró hacer del gesto natural de su rostro -hermosamente triste- la estampa gris del personaje, la mirada extraviada en el dolor y la incomprensión de la sinrazón humana, la boca congelada. La mujer de la novela tiene la habilidad de inventar historias para esconderse en ellas y no mirar los sucesos que la arrinconan. Las radiantes ensoñaciones de su adolescencia fueron apabulladas por la baba espesa de su rutina de mujer adulta. Se ahoga, se asfixia. Madre, esposa, víctima. Ah el encantador enigma de las mujeres depresivas! Su aura de soledad y penumbra son el hábitat perfecto de los poetas existenciales. El costo es la pérdida del erotismo. En una mujer paralizada por su rumor interno, desaparece el deseo de la piel. No más fogosidad nocturna. La ternura sensual que inspiraba se convierte en lástima. Ella ya no está ahí, el abrazo no entra, el amor es inservible.

Mi mañana de hoy está gris y fría. Quisiera decir desolada pero mentiría. Sucede que me obligo a una nostalgia laboriosa, a una actitud de hombre que añora. Pienso que esta rutina pausada en la que llevo a cabo nimios quehaceres de la casa me ayuda a sentir que he alcanzado el tono requerido para hablar sobre el tiempo y la vida. En mis ejercicios de escritura busco el círculo, labrar una historia redonda, una píldora de certezas que pueda tragar de golpe. No es fácil. Las certezas tienen bordes borrosos, son gaseosas, perecederas. Resulta poco conveniente andar en trance de escritor a toda hora. Se proyecta una imagen de extravío que atemoriza y ahuyenta. Idénticos a la mujer gris que calla. Pero eso es lo que todos somos en esencia, unos extraviados en el mundo. Sobrevivimos mientras nuestro tiempo transcurre.

Por la ventana, desde el árbol deshojado de la finca vecina, dos avechuchos lanzan graznidos quebradizos que quizás otras aves puedan entender. Desde mi libreta de bitácoras yo lanzo estos rezos que espero hagan eco en alguien allá afuera, al menos uno. Así podré creer que el abrazo que recibo es el trofeo esperado, merecido.



viernes, 17 de febrero de 2017

Equipamento.





Hay que estar preparado para toda contingencia. Tener un morral de buen tamaño que pueda acoger los objetos requeridos. No muy grande pues si se torna muy pesado sería difícil de acarrear. Entre más espacio, más chécheres innecesarios podrían guardarse. Maletín fuerte, impermeable, compartimentos de  tamaños variados, cómodo a la espalda, de color neutro, no llamativo, muy resistente al trabajo duro.

Necesito bolígrafos de colores, libreta pequeña, lápiz, borrador, sacapuntas, lima de uñas, cepillo de dientes, imán, fósforos, encendedor, painkillers, sobres plastificados, llaves extras de la casa, monedero, cargador del móvil, cable de la cámara, cámara digital compacta, golosinas, tapas premiadas de gaseosa para reclamar helado, trocitos de alambre plastificado, canicas, monedas de todas las denominaciones, pases de cine, el juguete mascota de la infancia, un librito de poemas orientales, carnet del trabajo, pote de talco, desodorante, bolsa plástica grande, bolsa plástica diminuta, bolsitas de azúcar, mondadientes, seda dental, hilo, aguja, pegante, termo para agua, trapo para limpiar, servilletas, recibos del mes cancelados, tijeritas, curas, ungüento para dolores musculares, libreta de números telefónicos, carnet del servicio médico, tarjeta con números telefónicos en caso de emergencia, cuaderno grande para dibujar, pañuelitos de papel, mini espejo irrompible, cinta de enmascarar, bandas de caucho, jeringa sin aguja, porta vasos de cartón, gafas para película 3D, tarjeta de transporte público, horario de trabajo, diario de abordo con poeticuentos e historias de la nada, estuche para gafas, foto del ser más querido, foto de la mascota, un par de guantes de látex, tarjeta del cajero electrónico, volantes de restaurantes italianos, tapa oídos, gafas para sol, bloqueador solar, copitos de algodón, termómetro, cachucha de béisbol, pocillo metálico para café, clips pequeños y mariposa, resaltador naranja, ejemplares de mis libros para vender, franela de algodón limpia y perfumada, pito, dos metros de cuerda fuerte, trozo de esponja, dos porciones de papel higiénico, MP3 con la batería al tope, audífonos en perfecto estado, mapa de la zona rosa donde están los mejores restaurantes...

Todo esto cargo en mi morral cuando salgo a deambular la ciudad como Monje Mundano. La mirada limpia, la lengua templada, el corazón en calma, la mente inquisidora, toda la esperanza, todo el desencanto, sin brújula, sin norte, todo recuerdo posible, gesto a punto de sonrisa, presto al abrazo o a la huida presurosa. 




domingo, 22 de enero de 2017

Exacto.






Vivir en la exactitud implica ir cronometrado con el ritmo de los sucesos, haber descifrado el tiempo, tener el motor calibrado y el combustible a tope. Conocer las condiciones meteorológicas, anticipar los exabruptos del clima, no tener ataduras.
La exactitud es una ilusión de mili segundos rodeada por caos intemporal de la verdad. Cuando la meta es alcanzada, cuando se llega al punto exacto donde descubres lo insignificante de existir, te quedas con este silencio inoficioso, el llanto no acude, la carcajada tampoco, no hay otra explicación, has existido en vano, después y antes de ti sólo habita la nada, las anécdotas del hombre se recopilan en el viento que va sin rumbo. Acoger el vacío es acto único al que debemos dedicar nuestros días. En la orilla opuesta se vislumbra la felicidad, hecha de espejismos y pronósticos, entonces anhelas la presencia de tu mascota muerta hace años ya.

Hoy puedo pensar en el absurdo, concebirlo mientras tomo mi café de la mañana, recibirlo como a un viejo conocido que vuelve, ofrecerle una silla, sonreírle un poco, no prestarle atención, no oír sus consejos de abuelo obsoleto, cambiarle el tema sin que lo note, seguir escribiendo mis Historias de la Nada.


viernes, 6 de enero de 2017

La Tarde Se Va.







Está a mi lado. Llegó a mi casa al inicio de la tarde. Se desnudó y se tiró en la cama a refrescarse. Boca abajo, apoyada en sus codos, mira fotografías de moda en una revista. Yo miro su piel húmeda de sudor. La ventana abierta abre paso a la brisa. El pelo se mueve. La luz del verano acentúa los tonos rosados de su piel. El vello de la espalda brilla. Veo las puntas de sus senos rozando la sábana. Empiezo a acariciarla. Ella ríe. Sus carnes son esponjosas, calientes, olorosas. Huele a ciénaga y jardín, dulce vinagre, pan tostado. Voy por sus caderas con mis labios. El cosquilleo la sacude un poco, respira distinto. Se gira. Me mira. Beso aquí o allá sin itinerario, sin prisa. La abrazo. De pronto habla consigo misma sobre algún plan fracasado, del paso del tiempo, de la quietud de los días. El mugre de la vida mancha su rostro. Veo en su mirada que quisiera no amarme ya. Mientras ella busca en su mente una ruta hacia el futuro, yo entro en ella con el temor que me causa su presencia tan distante, su dulce cariño que se desvanece con la tarde. Mi plan B es no perder la cabeza.