domingo, 21 de mayo de 2017

Fiebre.





Se van acumulando los sinsabores de la vida.
No son los años lo que pesa. 
Cada jornada deja residuos nocivos
y se lleva una porción de aguante. 
Un día es un giro veloz, 
asaltado por mil tareas descabelladas,
todas inútiles.
Yo avanzo y retorno por la misma ruta, 
desde mi casa de sombras 
hacia mi oficina de aire congelado,
del amanecer hasta la noche,
con un paréntesis de ruido en medio.
En el camino recojo neblina, cielos manchados, 
avenidas grumosas,
gentes descompuestas, realidad enferma,
ritmos de vida incubando el caos. 
Ninguno sabe que es un autómata,
nadie se ha percatado cómo va el asunto.
Guardo silencio. Hay melancolía en mis ojos. 
Y aunque no persigo la calma
tampoco puedo agradecer 
el dolor que me mantiene en vilo.
Quisiera renunciar a esta labor de redentor 
pero no soy capaz 
y mi fecha de caducidad todavía está lejos.


5 comentarios:

  1. No me es ajeno ese sentir pero todo pasa y esta vida es lo único que vivimos nos guste o no. A veces lo complicado no enreda en la vida y nos deja ciegos...pero hay que apostar para estar bien y si es necesario luchar porque la vida lo creas o no, es maravillosa...

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  2. Nunca se nos enseña a dejar el equipaje que ya no necesitamos en el camino, y continuamos cargándolo durante años, aún cuando ya ha perdido toda su razón.

    Suerte,

    J.

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  3. Autómatas u hormigas, o simplemente un conjunto de células dependientes de un gran organismo llamado Gaia...Saludos

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  4. Así funcionamos, sí. Tu poema está lleno de realidad.

    Saludos

    Fina

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  5. Más dolor el autenticar en la mirada el espíritu zombie de la gente, que lleva a no querer vivir en este automatismo de El gran hermano. Un abrazo. Carlos

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