Quizás debería maldecir lo que no entiendo aunque sepa como funciona, pero no me aturde la incomprensión de los hechos. Dejo que todo me afecte, y eso está bien.
De eso se trata esta rutina plomiza que invento con descaro, a destajo.
No suelto ninguna súplica, no tendría por qué hacerlo. En realidad lo que me colma o me calma, es la quietud, cierta pausa que me ablanda, que me pone a hilar ideas suaves.
Ésta es quizás la característica que más me dibuja, no logro pasar por los eventos siendo una brizna que el viento lleva, traigo mi propio peso, lo he traído siempre, me lo ha otorgado la vida. Los eventos me comunican algún mensaje profundo, puedo ver que en cada movimiento el destino se está labrando así mismo, va siguiendo el itinerario que inventa y renueva sin pausa ni fatiga. Yo no estoy aquí como testigo de lo que se mueve o está quieto. Mi cabeza se conecta con todo, incluso a través del tiempo. Los sucesos del pasado se mantienen actuales, tienen una voz clara que hace presencia con sus conclusiones y propuestas, imponen una bitácora indeleble que se hace oír por encima del estruendo que llega.
Todo lo concibo sin rabia, sin ansiedad, sin ninguna esperanza, y quizás el no esperar nada me hace sentir victorioso, me hace sentir que aunque no soy un héroe, sí llego al final del día con un triunfo agradable, con algo para exponer, nada que deba ser incluido en los registros de proezas, sin embargo.
Me refiero a un triunfo sencillo que me deja un buen sabor en la boca y una sonrisa que dice, así también vale la pena vivir, así también llevo a buen término mi tarea, esa tarea que me he impuesto. En últimas nada ha sucedido contra mi voluntad. Mis pasos son estos, este mi ritmo. Cada movimiento es el resultado de lo que he ido construyendo con mi evolución. Le pongo a mi cabeza y a mi corazón el alimento que he concluido me nutrirá. He escogido el verbo, el matiz, el aroma, la melodía, el hábitat.
He seleccionado mis movimientos y he ido afinándolos a punta de reflexiones, de tachones y poda.
Quizás todo hombre deba hacer de su espíritu un bonsái, embellecer mientras empequeñece, agrandarse mientras se reduce.
viernes, 29 de octubre de 2010
miércoles, 27 de octubre de 2010
Tinta Húmeda 1.
Embeleso Magenta.
Mujer
eres alacena de colores.
Rosados pezones,
pubis negro veteado de marrón,
rojo intenso en la madriguera del fuego,
blanca sonrisa humedecida de besos,
cabello de cobrizas ondulaciones,
borrasca magenta
que insinúa un lienzo medieval.
El matiz de tu piel
es imposible de nombrar,
ceniza rosada,
amanecer de leche azul,
penumbra barnizada de ámbar,
cáscara de jengibre.
La luz es un manto que cae
sobre los giros de tu cuerpo,
invasor de mis días,
murmullo que aturde,
embeleso acalorado.
Alz-Ram.
Mujer
eres alacena de colores.
Rosados pezones,
pubis negro veteado de marrón,
rojo intenso en la madriguera del fuego,
blanca sonrisa humedecida de besos,
cabello de cobrizas ondulaciones,
borrasca magenta
que insinúa un lienzo medieval.
El matiz de tu piel
es imposible de nombrar,
ceniza rosada,
amanecer de leche azul,
penumbra barnizada de ámbar,
cáscara de jengibre.
La luz es un manto que cae
sobre los giros de tu cuerpo,
invasor de mis días,
murmullo que aturde,
embeleso acalorado.
Alz-Ram.
Blanco.
Los eventos avanzan con desgano, con la complicidad de la modorra que traen los días de lluvia. Me encierro. Miro desde el balcón los rayonazos con que el aguacero ha tachonado el horizonte. Me burlo del poder del agua con un resoplido irreverente, como queriendo decirle, "hacé lo tuyo que yo hago lo mío". ¿Y qué es lo mío, en últimas? Esta verborrea inconclusa.
Lo sé, esta manía estéril de digitar divagaciones me ha ido creciendo una joroba de tanto estar agachado sobre el teclado.
Vivo en silencio. No creo tener un recuerdo nítido de mi voz. Quizás deba recurrir a la video cámara para guardar un poco de mi propio sonido. Pero qué diría?
Como me hubiese gustado ser un juglar de esos que improvisan coplas desde su burla o su desencanto, tocar la guitarra y dejarme ir en canturreos que superen el abejorro de la lluvia.
Seguramente terminaría labrando piropos para alguna mujer imaginada o recordada, y sería tal el matiz cursi de cada verso que mi propia náusea me obligaría al silencio de nuevo.
Creo que esta quietud es por lo pronto mi mejor rutina. Iré por algo de vino.
Lo sé, esta manía estéril de digitar divagaciones me ha ido creciendo una joroba de tanto estar agachado sobre el teclado.
Vivo en silencio. No creo tener un recuerdo nítido de mi voz. Quizás deba recurrir a la video cámara para guardar un poco de mi propio sonido. Pero qué diría?
Como me hubiese gustado ser un juglar de esos que improvisan coplas desde su burla o su desencanto, tocar la guitarra y dejarme ir en canturreos que superen el abejorro de la lluvia.
Seguramente terminaría labrando piropos para alguna mujer imaginada o recordada, y sería tal el matiz cursi de cada verso que mi propia náusea me obligaría al silencio de nuevo.
Creo que esta quietud es por lo pronto mi mejor rutina. Iré por algo de vino.
martes, 26 de octubre de 2010
Temprano En La Mañana.
Claudia vive en el sur y trabaja como asistente en una clínica al norte de la ciudad. Hoy tuvo suerte de coger puesto en la buseta, usualmente en la mañana pasan repletas. A su lado va un joven de aproximadamente 28 años de edad, traje ejecutivo y portafolio sobre las piernas.
Cuando ella se sentó él le sonrió.
—Parece que ahora sí llegó el verano— dijo sin mirarla, observando los árboles de los andenes iluminados por el sol.
—Pues ojalá, tanta lluvia ya me tenía aburrida— comentó Claudia, y al instante activó un mecanismo que consiste en sostener la conversación mientras por su cabeza van pasando frases que ilustran su pensamiento.
“Este ya va empezar a gallinacearme.”
El hombre la mira despacio y ve a una mujer bella, el uniforme de oficinista no deja ver mucho pero insinúa buenas formas. Se ve alta.
—Pero veo que aún lleva paraguas—
—Si. No me confío—
—Hace bien, y va para el trabajo me supongo—
—Así es—
—Yo también. Trabajo en el Edificio del Comercio—
“No demora en preguntarme qué hago los fines de semanas.”
—Y usted que hace? —
—Soy secretaria—
—Ah que chévere, y también trabaja los fines de semana—
“Lo sabía, este tipo es un perro”.
—Sólo los sábados hasta el medio día, después quedo libre—
—Yo en cambió nunca tengo un día libre—
—Por qué, usted qué hace? —
—Soy vendedor de cosméticos en las agencias de Top Models—
“Ah no, este tipo lo que quiere es venderme sus productos.”
—Usted tiene un rostro muy hermoso—
—Ay gracias, pero no le creo—
—En serio, a usted le caería estupendo alguno de los kits que yo promociono—
“Nunca fallo. Qué dijo, ésta ya mordió el anzuelo”.
—En realidad en el trabajo nos prohíben maquillarnos—
—Pues que lastima, usted se vería divina. A mi me encantaría tener rasgos tan finos como los suyos. Si yo fuera mujer me maquillaría bien espectacular—
—Ja, ja, já…
“Este me salió gay.”
—No se burle, los atributos físicos que la naturaleza nos da son para explotarlos—.
Claudia no resiste la tentación de observarlo y ve que efectivamente es un tipo que se cuida, sus manos tienen las uñas arregladas, va bien afeitado y huele rico. Él la mira sin incomodarla y ante la evaluación que ella hace, le ofrece una sonrisa tierna, casi melosa.
“Definitivamente es gay.”
La buseta ya ha cruzado la zona de tolerancia y dejado atrás basuras de las que el sol arranca vapores descompuestos. A buen paso se aproxima a los almacenes del centro.
—Bueno, aquí tengo que bajarme. Que tengas buen día, Preciosa—
—Adiós, que le vaya bien—
El hombre timbra, la buseta se detiene y él se baja.
“Caramba, si que me encuentro tipos raros.“
La buseta sólo ha avanzado un par de cuadras cuando Claudia grita:
—Ay jueputa mi celular. Chofer, pare que me robaron!
Cuando ella se sentó él le sonrió.
—Parece que ahora sí llegó el verano— dijo sin mirarla, observando los árboles de los andenes iluminados por el sol.
—Pues ojalá, tanta lluvia ya me tenía aburrida— comentó Claudia, y al instante activó un mecanismo que consiste en sostener la conversación mientras por su cabeza van pasando frases que ilustran su pensamiento.
“Este ya va empezar a gallinacearme.”
El hombre la mira despacio y ve a una mujer bella, el uniforme de oficinista no deja ver mucho pero insinúa buenas formas. Se ve alta.
—Pero veo que aún lleva paraguas—
—Si. No me confío—
—Hace bien, y va para el trabajo me supongo—
—Así es—
—Yo también. Trabajo en el Edificio del Comercio—
“No demora en preguntarme qué hago los fines de semanas.”
—Y usted que hace? —
—Soy secretaria—
—Ah que chévere, y también trabaja los fines de semana—
“Lo sabía, este tipo es un perro”.
—Sólo los sábados hasta el medio día, después quedo libre—
—Yo en cambió nunca tengo un día libre—
—Por qué, usted qué hace? —
—Soy vendedor de cosméticos en las agencias de Top Models—
“Ah no, este tipo lo que quiere es venderme sus productos.”
—Usted tiene un rostro muy hermoso—
—Ay gracias, pero no le creo—
—En serio, a usted le caería estupendo alguno de los kits que yo promociono—
“Nunca fallo. Qué dijo, ésta ya mordió el anzuelo”.
—En realidad en el trabajo nos prohíben maquillarnos—
—Pues que lastima, usted se vería divina. A mi me encantaría tener rasgos tan finos como los suyos. Si yo fuera mujer me maquillaría bien espectacular—
—Ja, ja, já…
“Este me salió gay.”
—No se burle, los atributos físicos que la naturaleza nos da son para explotarlos—.
Claudia no resiste la tentación de observarlo y ve que efectivamente es un tipo que se cuida, sus manos tienen las uñas arregladas, va bien afeitado y huele rico. Él la mira sin incomodarla y ante la evaluación que ella hace, le ofrece una sonrisa tierna, casi melosa.
“Definitivamente es gay.”
La buseta ya ha cruzado la zona de tolerancia y dejado atrás basuras de las que el sol arranca vapores descompuestos. A buen paso se aproxima a los almacenes del centro.
—Bueno, aquí tengo que bajarme. Que tengas buen día, Preciosa—
—Adiós, que le vaya bien—
El hombre timbra, la buseta se detiene y él se baja.
“Caramba, si que me encuentro tipos raros.“
La buseta sólo ha avanzado un par de cuadras cuando Claudia grita:
—Ay jueputa mi celular. Chofer, pare que me robaron!
lunes, 25 de octubre de 2010
Este Hombre.
Poeticuento.
Es tan intenso. Le ofrezco mis labios para un beso y me invade con su lengua, casi una serpiente saturando mi garganta. Quedo empavonada y sin aliento, es tan veloz que sólo atino a rechinarle los dientes. —Podría abofetearlo por eso—.
Hay días que sus besos son una visita afortunada, me dejan en vilo un instante que ruego se prolongue. Me abraza con tal precisión que su cuerpo suplanta mis ropajes, es firme, cálido, y afloja en el momento exacto sin dejar magulladuras.
Sus ojos me limpian la mirada pero son tan nostálgicos que no creo que haya corazón que los aguante. Al atardecer su silencio es acogedor.
Nunca me gusta cuando me agarra al descuido o mete su mano bajo mi blusa. Me siento prisionera —podría abofetearlo por eso—.
Sobre mi rostro sus caricias son otro asunto, sus dedos tienen el toque de un ángel. Dice frases que me desatan, ya de cólera, ya de risa. Es insólita su manera de descorrer el pestillo de mis desaires.
Creo que tiene miedo, camina contando los pasos. A su espalda caen sombras deshilachadas y es como si un quejido lo persiguiera. Siempre trae manchas de sangre en la camisa en el lado del corazón.
Le perdono todo, sus asaltos de caníbal, sus ojos de invierno, la rigidez de su ceño, sus sueños desolados, todo. Pues al voltear siempre está ahí con su pulso firme, con su verbo intacto.
Es tan intenso. Le ofrezco mis labios para un beso y me invade con su lengua, casi una serpiente saturando mi garganta. Quedo empavonada y sin aliento, es tan veloz que sólo atino a rechinarle los dientes. —Podría abofetearlo por eso—.
Hay días que sus besos son una visita afortunada, me dejan en vilo un instante que ruego se prolongue. Me abraza con tal precisión que su cuerpo suplanta mis ropajes, es firme, cálido, y afloja en el momento exacto sin dejar magulladuras.
Sus ojos me limpian la mirada pero son tan nostálgicos que no creo que haya corazón que los aguante. Al atardecer su silencio es acogedor.
Nunca me gusta cuando me agarra al descuido o mete su mano bajo mi blusa. Me siento prisionera —podría abofetearlo por eso—.
Sobre mi rostro sus caricias son otro asunto, sus dedos tienen el toque de un ángel. Dice frases que me desatan, ya de cólera, ya de risa. Es insólita su manera de descorrer el pestillo de mis desaires.
Creo que tiene miedo, camina contando los pasos. A su espalda caen sombras deshilachadas y es como si un quejido lo persiguiera. Siempre trae manchas de sangre en la camisa en el lado del corazón.
Le perdono todo, sus asaltos de caníbal, sus ojos de invierno, la rigidez de su ceño, sus sueños desolados, todo. Pues al voltear siempre está ahí con su pulso firme, con su verbo intacto.
viernes, 22 de octubre de 2010
Rutina Antigua.
Poeticuento.
El transporte me inspira cuando viajo a través de la ciudad. Me recuesto a la ventanilla para olvidar las botas puntiagudas de quien va a mi lado y me zambullo en espejismos para el fin de semana. La jovencita cerca al piano es la bailarina de leve acento francés, su mirada un poco temerosa y fuerte me cosquillea en la espalda cada vez que parpadea para acomodar sus lentes de contacto, quisiera desnudarla y abrazar sus senos diminutos, dejar mis labios en sus pezones hasta que las pecas de su bronceado se muden a mis mejillas. Salgo de la ensoñación y ya estoy en mi pocilga a punto de iniciar el ritual del viernes en la noche, mezclo hojuelas de avena, ripio de coco y cáscara de arroz para que mi alma digiera sustos y emulsifique el llanto adiposo. En el CD de Blues un negro arroja pentagramas desde su vozarrón, mil acordes se clavan en mis ojos y extraen cubitos de hielo del almacén de la nostalgia. Llega otra vez la imagen de la doncella con las zapatillas de danza pendiendo de su cuello, pone sus labios gruesos allí donde el deseo me robó la saliva y la humedad de su lengua es leche fresca. La voz queda limpia como un arroyo. Preciso de un cigarrillo, un masaje en la espalda, un libro nuevo, una carta de amor clandestina, otra máquina de afeitar. 1990.
El transporte me inspira cuando viajo a través de la ciudad. Me recuesto a la ventanilla para olvidar las botas puntiagudas de quien va a mi lado y me zambullo en espejismos para el fin de semana. La jovencita cerca al piano es la bailarina de leve acento francés, su mirada un poco temerosa y fuerte me cosquillea en la espalda cada vez que parpadea para acomodar sus lentes de contacto, quisiera desnudarla y abrazar sus senos diminutos, dejar mis labios en sus pezones hasta que las pecas de su bronceado se muden a mis mejillas. Salgo de la ensoñación y ya estoy en mi pocilga a punto de iniciar el ritual del viernes en la noche, mezclo hojuelas de avena, ripio de coco y cáscara de arroz para que mi alma digiera sustos y emulsifique el llanto adiposo. En el CD de Blues un negro arroja pentagramas desde su vozarrón, mil acordes se clavan en mis ojos y extraen cubitos de hielo del almacén de la nostalgia. Llega otra vez la imagen de la doncella con las zapatillas de danza pendiendo de su cuello, pone sus labios gruesos allí donde el deseo me robó la saliva y la humedad de su lengua es leche fresca. La voz queda limpia como un arroyo. Preciso de un cigarrillo, un masaje en la espalda, un libro nuevo, una carta de amor clandestina, otra máquina de afeitar. 1990.
viernes, 15 de octubre de 2010
Evolución?
Quizás ser evolucionado consista en reconocer qué sentimos y cómo. Tener el valor y el talento para rastrear como nace y se expande cada sentimiento, o se reduce.
Estar dispuestos a cambiar la manera de pensar sobre lo que sentimos, y el modo de reaccionar con lo que sentimos. Y todo esto en relación con los otros. No es sólo la tarea de aprender a relacionarme con lo que yo siento pero también aprender a relacionarme con lo que los demás sienten; y por qué no, aprender a mirar cómo es que los sentires propios y ajenos se relacionan entre sí, cómo hemos sido entrenados y nos auto-entrenamos para sentir y permitimos ser acertados en este asunto.
Quizás ser evolucionado es tener el talento y la fuerza para calibrar lo que se siente en pos del beneficio individual y de grupo, aldeano y global, presente e históricamente. Es decir, aportar a la evolución total con nuestra evolución individual.
¿Cuál sería el parámetro de medición para saber si lo que se está haciendo es lo adecuado, lo acertado?
Seguramente los resultados y los beneficios recibidos por todos, el nivel de alegría y ansiedad bien combinados, los cambios de ritmo, la renovación de los anhelos y la fabricación de rutinas atravesadas por sueños palpables.
¿Ser una persona evolucionada con respecto a qué?
Conocer el tramado de los lados oscuros, calibrar los pasos, tener almacenados recursos para improvisar, ser arrojado y tener pausas bien sincronizadas, ponernos a prueba constantemente y alzarnos de hombros a voluntad y sin remordimientos. Hacer el sacrificio requerido.
Ser evolucionado...
Saber recorrer el sendero que nos lleva al fin. Ir con las manos vacías y el corazón tranquilo.
Estar dispuestos a cambiar la manera de pensar sobre lo que sentimos, y el modo de reaccionar con lo que sentimos. Y todo esto en relación con los otros. No es sólo la tarea de aprender a relacionarme con lo que yo siento pero también aprender a relacionarme con lo que los demás sienten; y por qué no, aprender a mirar cómo es que los sentires propios y ajenos se relacionan entre sí, cómo hemos sido entrenados y nos auto-entrenamos para sentir y permitimos ser acertados en este asunto.
Quizás ser evolucionado es tener el talento y la fuerza para calibrar lo que se siente en pos del beneficio individual y de grupo, aldeano y global, presente e históricamente. Es decir, aportar a la evolución total con nuestra evolución individual.
¿Cuál sería el parámetro de medición para saber si lo que se está haciendo es lo adecuado, lo acertado?
Seguramente los resultados y los beneficios recibidos por todos, el nivel de alegría y ansiedad bien combinados, los cambios de ritmo, la renovación de los anhelos y la fabricación de rutinas atravesadas por sueños palpables.
¿Ser una persona evolucionada con respecto a qué?
Conocer el tramado de los lados oscuros, calibrar los pasos, tener almacenados recursos para improvisar, ser arrojado y tener pausas bien sincronizadas, ponernos a prueba constantemente y alzarnos de hombros a voluntad y sin remordimientos. Hacer el sacrificio requerido.
Ser evolucionado...
Saber recorrer el sendero que nos lleva al fin. Ir con las manos vacías y el corazón tranquilo.
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