He vuelto.
Estaba de viaje. Fui obligado a ir hasta el borde en medio de la noche, sobre
un terreno fangoso, rodeado de neblina, en un silencio pesado, solo, con la
mente confusa y el corazón roto, con el cuerpo apaleado y sin fuerzas para el
llanto. Pero llegué. Logré cruzar. Supe encontrar el norte, controlar la
respiración, olvidar el mundo.
domingo, 31 de agosto de 2014
viernes, 25 de julio de 2014
Linda Mariana.
La mañana ha traído una luz pálida y sucia que me lastima los ojos. 6:30 am. Calle Quinta. Capri. El sol hace esfuerzos para atravesar sus rayas por entre los árboles viejos y los bloques de apartamentos. Todo está húmedo de llovizna harinosa. Gripa. La nariz me arde. Los sábados por la mañana sacan a menos personas de sus camas. Las calles lucen más anchas y casi inútiles. Quienes viajamos hacia la fábrica de desdichas, la ciudad, vamos apelmazados por la modorra y el frío. Sólo el chofer parece estar vivo. Mientras veo el mecanismo del día ponerse en marcha lentamente, deliro estar en casa con mi mujer, sentado a la mesa comiendo huevos tibios con mantequilla y pimienta, y tomando chocolate con leche, caliente y espumoso, aromatizado con astillas de canela. La miraría a los ojos y le diría, "eres hermosa".
martes, 15 de julio de 2014
Todo Comienza Con Una Mirada.
Resulta fácil entablar conversación con las mujeres. Espero a que haya contacto visual y ofrezco una sonrisa pequeña, disimulada, amable. Ese gesto las invita a devolver una atención igual, entonces digo una frase que las engancha a conversar. Alguna idea inteligente y divertida. Cero retos. Soy bueno detectando los temas de interés de las mujeres. Sé darles un buen lugar sin adularlas. Soy distante sin ser tímido ni cauteloso. Fluyo. Y cuando detecto el momento oportuno, les digo un piropo astuto, una frase fuera de contexto, casi una máxima filosófica un tanto erótica, una invitación inevitable, insospechada y letal. Con el tiempo confesaré que lo primero en que me fijé fueron sus nalgas o sus senos pero que en definitiva, fue la sonrisa lo que me cautivó. Diré que para mi la dentadura en una mujer es esencial. En segundo lugar de embeleso mencionaré el sonido de la voz y para completar el combo, la soltura del cabello. Lo cual es verdad.
Cuando miro a una mujer voy a la caza de sus formas. Me fijo en sus nalgas, la redondez, la firmeza. Me imagino cómo será desnuda, bocabajo sobre la cama dejando que las caricias de mis dedos la adormezcan y luego de rodillas mientras la penetro. Contemplo a una mujer en su totalidad. Su cabello, la curvatura de su espalda, el tamaño de los senos, las ondulaciones de su vientre. Visualizo sus pezones mientras los beso o mordisqueo. Imagino mis manos amasando sus nalgas y separándolas para ver como se abre su vagina, como queda expuesto el agujero de su ano. Me gusta pensar en la humedad de sus labios mientras mi verga entra a mojarse o quiero ver como la cabeza separa pliegues de carne colorada, entra hasta el fondo y se instala sin moverse. También deliro el abrazo. Encajar mi nariz entre su cuello y su clavícula, absorber el olor mezclado de perfume y sudor. Anudar nuestras bocas en besos sabrosos. Me gusta pasear por los sobacos tibios. Oler la raja del pubis medio abierta, lamer los vellos, la pastosidad de los jugos guardados, producir sacudidas y gemidos. Pero al final voy más allá. Me llama el semblante triste cuando la vida la arrincona, el silencio espeso en la antesala del llanto, el brillo de la intuición en la mirada, los ademanes al comer, el paso a paso mientras se viste y maquilla, el ritmo al caminar, el derrumbe en la fatiga, las manos quietas, el calado de sus mentiras, las amenazas disimuladas.
Al mirar a una mujer busco su historia. Sus sitios preferidos, la música que tararea, el tipo de cartas que escribe, el licor que acostumbra, los chistes que inventa. La clave está en los compartimentos de su rutina. Observar cómo realiza sus actos programados o salta obstáculos en las improvisaciones, la pausa con que se recompone y el vértigo con que tropieza.
domingo, 6 de julio de 2014
Neardental.
Me compacto. Me quedo inmóvil para sentir como toda mi concentración se condensa en mi quietud. Cada músculo de la espalda atestigua rutinas vividas a martillazos. La fatiga es el somnífero que me sostiene atento. Pienso en mi mujer que huele a vinagre. Su olor entra en mí y me activa ideas sobre la culinaria. Ella me deja experimentar con su sexo y sonríe. Sólo me pide que no sea tan salvaje. Quizás me está pidiendo que sea un troglodita con ademanes de espuma, que cambie las dentelladas por besos tradicionales, que no le meta la verga por el ano. Me concentro para programar mis neuronas con una receta de caricias fuertes y amables, salvajemente domesticadas, fabricadas con más amor que furia. La tragedia de ser un macho defectuoso me hace ver mi hembra como una presa. Soy una hiena enamorada. Ella lo sabe y me abraza. Su sonrisa pone pausa en mi oleaje, sus nalgas me dotan con manos de panadero. Su largo pelo rizado es la arena movediza en que me hundo al final de la noche. No puedo dejar de odiarla por su costumbre de darle a degustar a otros hombres los apetitos de su lujuria.
domingo, 15 de junio de 2014
Free Will.
Nada es sencillo. Para huir hay que acercarse al borde, ningún escondite salva. Aceptar que estás perdido tampoco ayuda. Entonces, el placer. Llenarse de gozo cuanto sea posible. Dejarse caer en las marañas de la pasión, tantear sus laberintos a pesar del miedo, burlarse un poco de la incertidumbre y agradecer la confusión. El final es igual siempre, la muerte. Sólo se puede elegir entre quietud o movimiento. No hay razón para descartar la risa. Alzarse de hombros ante el caos que gobierna la vida hace más liviano el recorrido diario. Vamos, el horizonte está allá adelante. El nido se ha vuelto incómodo. Al cerrar los ojos verás el paraíso. La penumbra es la mejor luz. Grita. Que el silencio sepa que estás ahí.
sábado, 7 de junio de 2014
Nosotros, Vosotros, Ellos...
En los días siguientes,
después de haber visto a Mariana llorando y moqueando como una chiquilla por
una frase cortante pero sin enojo, que él le había dicho, Rogelio estuvo
ensimismado e impasible. La fragilidad humana volvía a producirle náuseas e
indiferencia. Le daba asco tanto melodrama con que todos querían decir “estoy
aquí, mírenme, denme algo de amor”. Y a la par, esta sensación hacía que todo
el mundo le importara un bledo. Ya había decidido que nunca tendría ídolos ni
héroes a los cuales admirar o seguir. Ni siquiera sus escritores preferidos o
los músicos que tanto lo sorprendían con sus composiciones. Había concluido que
esos seres superiores simplemente hacían uso de sus talentos de modo normal y
que si descollaban sobre los demás era precisamente porque todo el resto no era
más que una horda floja y quejumbrosa.
jueves, 22 de mayo de 2014
641.
Ahora
lo sé. Soy este espectro que absorbe imágenes de sí mismo. Salgo de mí, me paro
en frente, soy dos, uno actuando y el otro registrando la puesta en escena, los
gestos de nostalgia y melancolía, el desconcierto, la parsimonia de existir en
pálpitos muy pausados y moverme en fotogramas, vacilante pero tranquilo,
incompleto pero sin ansiedad, quizás más pensativo de lo que se requiere para
estar adaptado a un mundo donde las personas urgen estar conectadas a alguien
que los apruebe sin titubeos ni distracciones. Y yo, sarcástico hasta cuando
guardo silencio, impetuoso desde la ausencia, altanero, con un tono de voz que
regaña incluso cuando dice frases melosas, filoso de mirada y malabarista de
palabras pomposas, nada solidario, ubicado en una cumbre de niebla, caminando
hacia mi reflejo, mirando sólo mis ojos que simulan la opacidad de un otoño que
supongo proyecta un ambiente de enigma sugestivo, produce el magnetismo
necesario para llamar la atención, para hacer eco en los recuerdos que los
demás se llevan y ser ese cómodo espejismo tropical que se anhela en el verano
o la tibieza de una manta de lana en una noche lluviosa de octubre cerca a
las montañas. Quizás debería caminar en la ciudad cuando el clima inspire el
letargo dulzón que precede al olvido. Ser parte de la multitud solitaria,
invisible como todos, magníficamente absurdo. Prefiero quedarme enconchado,
hibernar hasta llenarme de líquenes. Mirarme es estar abrazado a mí mismo con
una firmeza blanda que arrulla y no adormece, lleno de mi ausencia sin quedar
asfixiado, testigo del avance del tiempo con el alivio de saber que todo llega
a su fin, que es inoficioso buscar lo que no existe o dar lo que no te han
pedido. El único obsequio valioso es este hábitat que me acoge, cómplice
engañoso elaborado para sobrevivir sin que nada importe. El tiempo gotea su
parsimonioso ácido letal, fabrica humus con todo lo que toca. Me inclino
agradecido ante su toque redentor.
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